Mi Trastorno Bipolar. La Aventura de mi vida

Quiero empezar diciendo que realizo este blog con la intención de publicar lo que he estado pasando a lo largo de mi vida para que aquellos que me conocen entiendan como entendí yo muchas cosas sobre mi persona. Y también poder ayudar de alguna manera a otros que también sufren y lo hacen en silencio; hacerles saber que no están solos.

Empecemos este relato por conocer un concepto que muchos no tienen claro, ¿Qué es el trastorno bipolar?…

Es una enfermedad grave del cerebro, conocida también, como enfermedad maníaco-depresiva. Las personas con trastorno bipolar tienen cambios inusuales en el estado del ánimo, a veces se sienten muy “felices y animados” y son mucho más enérgicos de lo habitual (episodio maníaco o eufórico), otras veces se sienten muy tristes y “deprimidos” con poca energía y menos activos de lo normal (depresión).

Los altibajos del trastorno bipolar no son iguales que los altibajos que cualquier otra persona pueda tener, los cambios en el estado del ánimo son mucho más extremos con cambios en el estilo de vida.

¿Cómo empezó todo?…

   No es fácil diagnosticar el trastorno bipolar, durante años estuve experimentando síntomas de algo, que no sabía lo que era; esto es, porque posiblemente pensaba, que tenía otro tipo de problemas y nadie notaba nada, solo sentía que le hacía daño a personas que quería, sin querer y sin darme cuenta. A lo largo de mi vida sentía un gran vacío, un sentimiento de culpabilidad, falta de confianza, pero cuando creía haberlo superado todo como si fuese una simple fase y me sentía que podía con el mundo, de nuevo todo se derrumbaba, no quería contárselo a nadie, iban a creer que estaba loca, ni yo misma entendía que me pasaba, ¿por qué todo me afectaba 100 veces más de lo normal? Pero, ahí estaban siempre conmigo, estos amigos que mi mente siempre deja entrar, la ansiedad, la depresión, la culpa.

Por un tiempo fui diagnosticada copic bipn trastorno de ansiedad generalizada y depresión. ¡Magnífico! El tratamiento me funcionó unos meses, tomé la mala decisión de dejar las pastillas porque estaba al tope de la alegría, ¡era mi mejor momento!, pero claro, como todo… no duró mucho, tuve una recaída y volví a empezar de cero, con el mismo tratamiento; esta vez no funcionaba. Me daban crisis nuevas que no había tenido antes, lloraba sin motivo alguno, decidieron cambiarme la medicación y me vieron médicos nuevos.

Ahora con 30 años de edad me diagnostican con trastorno bipolar en fase depresiva. Todo tiene más sentido para mí ahora que conozco más sobre el tema y todo lo que siento.

Mi Aventura…

Vivir con trastorno bipolar es ATERRADOR. Es difícil de explicar a las personas que no lo sufren. Incluso, aquellos que lo tenemos no somos capaces de entender completamente ésta detestable enfermedad. Un minuto pensamos que lo tenemos todo controlado, que somos capaces de predecir nuestros patrones; momentos después experimentamos emociones y estados de ánimo que no son para nada familiares. A veces estos nuevos sentimientos son maravillosos y te sientes más largo que la vida. Luego sentimos que no seremos capaces de respirar profundamente de nuevo.

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Cuando tenía mis momentos “felices” por decirlo así, o la estaba pasando bien, sentía que ese era el momento en el que me hubiese gustado quedarme, si hubiésemos podido congelar el tiempo. Pero en el fondo sabía que eso acabaría pronto y luego vendría la tormenta.

Hasta después de mucho tiempo, no conocía ni sabía lo que me pasaba. Desde pequeña siempre me sentí diferente, era una niña muy introvertida, sensible al 100% diría yo, y me afectaban mucho las cosas, las situaciones y lo que podrían decirme, en casa, y fuera de ella, me frustraba ser así, porque no controlaba mis impulsos, no podía dejar de llorar por una tontería, el simple hecho de no entender una ecuación me daba frustración; entraba en desesperación y lloraba de una manera inexplicable, me costaba calmarme. Ya no había más nada que hacer ahí, para mí misma yo era un caso perdido. El miedo a mí misma era insuperable, y que una niña sienta eso no era nada normal, pero me callaba. Para los demás simplemente era una niña introvertida y llorona.

Nota: el famoso dicho “después de la tormenta viene la calma” no encaja en mi vida, a mí me ocurre al revés. Para mí era normal que me salieran las cosas mal, no podía ser la misma chica popular y linda del colegio, seguía siendo tonta y llorona. Luego me di cuenta que, mientras más yo quería que algo me saliera bien, eso no pasaba. Es todo una paradoja. Debido a todo eso, soy actualmente una persona que me exijo mucho a mi misma, soy perfeccionista, cuando tengo las ganas y el ánimo para realizar algo, pero, cuando estoy en el hueco del que me cuesta salir me abandono por completo.

En fin, ese sufrimiento interno de querer estar bien, pero no estarlo, de estar bien por un momento y luego no estarlo lo he tenido a lo largo de mi vida. La frustración es una enemiga que está a mi lado siempre, o ¿será más bien una amiga?, ya no lo sé. La ansiedad fue apareciendo poco a poco, o quizás siempre estuvo ahí y no lo sabía, ahora que lo pienso, siempre he tenido las manos sudorosas, cuando me ponía nerviosa parecía que las había metido en agua. Por un par de años dejé de sentir ese malestar, cuando conocí a la persona que más me ha apoyado en esta aventura. Sin embargo, tenía actitudes que no eran dignas de una persona normal, y él lo sabía; yo lo sabía, pero nadie decía nada. Yo no quería pensar que tenía un problema, todo es un tabú, la gente te etiqueta, uno mismo se etiqueta.

El día llegó… y pedí ayuda, no aguanté más. Pensaba que no iba a aguantar más tiempo así. Mi mente, mi cuerpo, mi alma, mi todo ya no podía, estaba encadenada, es duro recordar aquel momento en el que cogí el teléfono y pedí ayuda. No fue fácil desde un principio, años hasta que lograron saber lo que me sucedía en la cabeza. Lo solía ocultar, porque siempre pensé que era algo muy personal y que la gente cambiaría de actitud hacia mí, si lo supiesen, me daba vergüenza.

La enfermedad mental es un estigma que nos llevamos como una losa a nuestra espalda y, en principio, hasta que uno no está seguro, hay que elegir muy bien a quien hacemos partícipes de nuestro sufrimiento.

Estoy segura de que si más gente se atreviese a dar el paso de hacerlo público, no existiría dicho estigma o al menos en menor proporción.

La batalla de este trastorno es que no sé discernir con certeza cuándo una reacción se debe a mi forma de ser (personalidad-carácter) y cuando se debe a que miserablemente se me fue de las manos.

En esta enfermedad el tratamiento, la rutina y la autobservación son imprescindibles. Puede llevarnos a estar alejados de la realidad, pero va y viene, por eso es tan importante asumirla. Muchos no lo hacen porque creen que con no pensar en ella o hacerse la vista gorda es suficiente.

Tengo más responsabilidad cuando estoy bien que cuando estoy mal, porque cuando estoy bien es el momento de hacer un esfuerzo por mantenerse y prevenir la crisis. Y esto es probablemente mi mayor miedo: Empeorar y volver atrás lo que he logrado, en gran parte porque soy una persona funcional pero siempre parece haber algo espiando en la esquina queriendo deshacer eso. Y aquí participan los acompañantes del trastorno, ya que él no actúa solo… El miedo, la ansiedad, la depresión, la frustración, la culpa, la falta de confianza en si mismo, por otra parte la euforia, ganas de comerte al mundo entero.

Ya llegaremos a ellos…

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